Por Mauricio Saldaña (@maurisaldana)
Podría hacer una carta abierta a un juego que evoca nostalgia cada vez que nos toca observar un partido, pero creo que todo aquello que se pueda escribir, corre el riesgo de evaporarse en el aire así como nuestras ansias y ganas de ver mejores cosas dentro del mismo. Bueno, hasta eso corre más riesgo si comparamos esto con las decisiones de los mismísimos jugadores al momento de jugar.
A veces me siento como Zidane cuando se fue expulsado de una final de Mundial o como cuando le tocó a Baggio fallar el último penal en la misma instancia. El trofeo, lo que vendría a ser lo más anhelado, sería eso que se aleja un poco más porque como algunas veces he podido mencionar, antes que deporte, es un juego.
Al parecer, estamos en un nuevo enredo: las imposiciones físicas, que todavía se mantienen, parecen ceder terreno ante los ‘inventos’ que nacen de staffs completos o de entrenadores. Ellos aducen una metamorfosis que está aniquilando los requisitos que contiene un espectáculo tan latente como este, pero que reposa en la propia originalidad y misterio del ser humano que, a veces, intenta hacer de jugador en estos últimos años.
Así como Dios nos quiso libres y autónomos, somos nosotros mismos los que nos encargamos de encadenarnos a través de nuestra misma imperfección para convertirnos en seres meramente reproductores y autómatas. De hecho, es algo muchísimo más largo, interesante y retrospectivo para desarrollar, pero en la esencia, el juego del fútbol contiene lo que es precisamente la vida misma, es decir, la perfecta imperfección.
Hace unos días decía que el compendio del arte, llámese cine, música, teatro y otras actividades, estaba pasando ‘horas bajas’ debido a la poca inventiva, creatividad, sensibilidad y peculiaridad de lo que nos puede contar o hacer imaginar. Eso mismo sucede con el juego del fútbol.
Imagina, por un instante, decirles a Ismael Rivera, Oscar D’León, David Gilmour o Jack Nicholson que la característica más sana que les une sea coartada o llevada a un límite de singularidad porque el libreto, partitura o guión cuantifica la eficacia y disminuye el riesgo del error. Básicamente, no habríamos tenido referencias ni qué contar posteriormente a los regalos que nos hicieron con su arte tan original.

La impronta, ingenio, confianza, destreza e improvisación forman parte de la vida artística que brota del ser humano mientras se convierte o materializa el arte. Eso es lo que nos hace pensar en lo inimaginable y nos produce una sensación de satisfacción para poder admirar.
Hoy un partido de fútbol nos toca menos fibras porque nos cuenta algo que ya hemos visto o vivido hace pocos minutos. Un concierto es menos llamativo cuando te das cuenta que las personas prefieren vivirlo a través de un aparato móvil mientras la música plastificada transcurre. Una película se vuelve un contenido vacío porque no existe una reflexión o mensaje significativo detrás de una breve actuación sin remedio.
La pelota, como elemento único, pasa a ser un objeto desechable por los espacios a conquistar mientras pasan los minutos. Si aparece un equipo que a propósito se ‘deshace’ de ese objeto que seduce a los más chicos y grandes, tenemos un problema intrínseco. Si la belleza reside en lo simple, tal vez no es el mejor camino para ser recordado por más que luego los números pareciesen avalarlo.
Sin embargo, pertenecemos a una comunidad instantánea, permeable y llena de inmediatez porque la vorágine misma conduce a ello. A los más grandes no les importa criar y formas buenas personas, les interesa inculcar métodos con los que puedan reproducirse para luego llegar al falso éxito.
Lo mismo ocurre con el fútbol que solemos ver: a los entrenadores pareciese que no les importase recurrir a la naturaleza del jugador porque ya tienen un plan totalmente diseñado para cada uno de ellos, haciéndolos a todos formar parte de lo mismo de acuerdo a un molde que limita al genio y conforta al menos talentoso. Todos son iguales.
Uno de los más grandes errores que la supuesta ‘táctica’ arroja es, precisamente, hacer ver a todos los jugadores como si fuesen los mismos. Eso provoca que el mejor, ya no sea visto como tal, sino como un mero obrero que tiene que mancharse y adherirse a la obra de turno.
Eso puede suceder en el máximo nivel o en categorías inferiores. Si Endrick, para Xabi Alonso, es peor que Gonzalo García, entramos en un debate de ficción que avala esa verdad a medias aceptada. No se trata de nacionalidades, sino de haber perdido esa capacidad de reconocer el potencial inmediato y posterior a cambio de intentar darle sentido a un discurso y pensamiento que aboga por el jugador trabajador en lugar del jugador que, el fútbol, reconoce como mejor que otro. Simple.
Cuando hace poco comentaba acerca de las presiones coreográficas, posesiones interminables y demás situaciones que acontecen en partidos que parecen entrenamientos repetidos, se replican esos pensamientos sobre cómo los equipos son formados por jugadores fragmentados.
Un determinado modelo de organización, como el juego posicional, puede ser una perfecta excusa para poder ganar (copiar) porque parece que el triunfo vale diez veces más que ayer, así como el rendimiento en la vida de un ciudadano común.
La vorágine dice que mientras más tengas o muestres, más aceptación o felicidad obtendrás. Mentira. La trituradora de números puede ser el camino más corto a que el jugador venda su alma al diablo por obtener ganancias individuales o colectivas, pero nadie las recordará porque el fútbol de hoy es exactamente eso. Yo no me acuerdo de alguna jugada de un partido de ayer y esa es una gran derrota para los que vemos un poco más allá del resultado.
Anthony Hopkins decía, en una de sus películas, que “llegar a viejo sin haberse enamorado, es como no haber vivido”. Para el jugador es lo mismo, porque el fútbol y la vida son semejantes: llegar a viejo sin haberse enamorado de uno mismo dentro del juego, es como no haber jugado. Voy a romper la tradición y les contaré mi deseo de cumpleaños, por adelantado: deseo que el fútbol puede volver a enamorarnos y vuelva a humanizarse. ¡Gracias!

Este texto fue originalmente publicado en https://maurisaldanac.medium.com/f%C3%BAtbol-est%C3%A1s-ah%C3%AD-3d832325770e