Por Coni Vanzini (@covanzini)
A veces los finales imperfectos valen tanto como una despedida gloriosa. La salida de Marcelo Gallardo vuelve a marcar un antes y un después en la historia de River. El entrenador que redefinió la identidad del club en la última década decidió dar un paso al costado tras una fallida segunda vuelta y aunque la palabra fin inevitablemente activa la nostalgia, también abre una oportunidad postergada.
La segunda etapa del Muñeco no tuvo narrativa heroica ni títulos que revalidaran la leyenda. Si el regreso hubiese sido perfecto, la vara habría quedado en un punto inalcanzable. Cualquier sucesor empezaría derrotado antes de asumir. Cada empate sería una crisis. Cada derrota, un fracaso y, cada decisión, una crítica.
En cambio, este ciclo más terrenal de Gallardo rompió el hechizo. Una era sin títulos y con 18 derrotas podría, paradójicamente, ser lo que River más necesitaba. Durante años el Millonario vivió en una comparación permanente con la mejor versión de Gallardo.
Incluso en su ausencia el parámetro era él. Sus equipos, sus palabras, sus gestos, sus estrategias. El regreso reforzó esa lógica: todo debía estar a la altura del mito, pero llegó un día que el mito se volvió humano y ahí encontró sus límites.
Gallardo no fue un técnico más. Fue el constructor de una era. 14 títulos internacionales y locales, equipos memorables, ídolos nacientes y noches épicas. Su liderazgo quedó asociado a una forma de jugar, de ganar y, sobre todo, a una manera de sentir el club.
El verdadero desafío no será reemplazar a Gallardo, sino dejar de necesitarlo. El próximo entrenador ya no deberá parecerse a él, sino que deberá construir su propio camino. Porque el presente no puede quedar rehén de la nostalgia. Superar esta etapa implicará algo más incómodo: animarse a mirar al nuevo proceso entiendendo que la autoridad se construirá de otra manera, que el liderazgo tendrá otro tono y que la épica, si vuelve, será distinta.
A diferencia de las presidencias de Rodolfo D’Onofrio y más aún la de Jorge Brito, quien aceptó la vuelta del Muñeco apenas percibió que Martín Demichelis y sus traspiés harían tambalear su gestión, ahora Stéfano Di Carlo y su Comisión Directiva deberán hacerse cargo de lo que les toque, ya sin la protección del clamor popular por un técnico que fue pieza fundamental de la continuidad del oficialismo desde 2014.
El regreso con sabor a poco de Gallardo puede liberar a River de la prisión de su propia nostalgia. El fin de 2025 marcó la salida de casi todos los «héroes de Madrid». Aunque duela, el club debe empezar una nueva etapa sin depender de los pintores del cuadro más histórico. Ni siquiera el Muñeco pudo replicar su obra más brillante. Y eso no opaca sino que humaniza su recorrido.
Con este presente, todo River debe recuperar la perspectiva, que no significa resignar ambición y hambre de gloria, sino recordar que el club es demasiado grande para que Gallardo sea el único capaz de sostener la grandeza en sus manos.
Reemplazarlo es imposible, pero dejar de medirse con su mejor versión es necesario. River debe escribir otra historia sin aspiración de imitar una que ya pertenece al pasado, aunque haya sido, sin dudas, la más hermosísima de todas.
