Por Nicolás Guglielmetti (@escriturabahia)
El fútbol y la vida están llenos de frases hechas y, en la fugacidad de la época, el lenguaje se va pasteurizando. Pero no puedo; por más que evite el lugar común, esta es la única frase que representa lo que siento minutos después de ver el video con que Marcelo Gallardo anunciaba que, a partir del jueves, dejará de ser el técnico de River.
Su postura corporal y la fluidez de sus palabras no concuerdan con la tristeza de sus ojos. Lleva la ropa de entrenamiento y el pelo prolijo pero canoso, muy distinto a cuando me lo crucé en un viaje una década atrás y nos sacamos una foto. Es un Gallardo erosionado que, desde hace más de un año, intenta salir del laberinto que creó tanto él como el nuevo paradigma de club en que se ha convertido River luego de Madrid.
Un club cuyo aspiracional mutó de un club social al formato de una multinacional con restaurantes exclusivos, influencers con el último outfit en lugar de futboleros de buena cepa y proyecto de techo europeo. ¿Tuvo la culpa el Muñeco de dejar la vara tan alta? ¿Cómo no caer en la tentación de creernos los mejores en todo?
De la creación del River Camp a la búsqueda de un equipo con un afán ofensivo sobreactuado (incluso sin tener los intérpretes), hasta tomar literalmente las llaves del club. Todo ese peso se cargó Gallardo en los hombros y obviamente no hay cuerpo que lo resista.
No había forma de que todas esas responsabilidades, sumadas a la histeria exacerbada del exitismo, terminaran bien. Nietzsche decía que «toda convicción es una cárcel» y no encuentro mejor caso para aplicarlo. Gallardo nos hizo creer que con su sola presencia bastaba para ganar un partido y nosotros nos encomendamos al milagro.
¿Qué hubiera sido de River si Montiel no quedaba pasado contra Flamengo atacando en los minutos de descuento? ¿Qué hubiera sido del partido con Tigre si no se elegía marcar con los centrales mano a mano? ¿Es justo pegarle a Armani porque volcó en el gol de Vélez intentando atajar lesionado? Lo contrafáctico no sirve de nada.
Hoy el mismo tipo que, como un pastor arengando a sus fieles, decía: «Que la gente crea porque tiene en qué creer», se va porque los jugadores no pueden levantar las patas y en gran medida se debe a que como dicen ahora, «su mensaje no les llega». Hoy la realidad se llevó puesto a Gallardo y, en parte, sospecho que cayó en la cuenta de que, por más que tengas una estatua, la billetera de un banquero y la vitrina llena, el fútbol te alecciona y te baja a tierra.
A pesar de todo, y cuando un nudo se le hizo en la garganta, recordé al Muñeco jugador inventando un chanfle perfecto contra Mondragón en los dorados ’90, o ese equipo rocoso con el que silenció a la Bombonera el día del gas pimienta, y por un instante casi fui lo suficientemente egoísta de querer que se quede a como dé lugar.
Después obviamente volví a la realidad y entendí que antes que la maquinaria discursiva termine por deglutirlo, es mejor darle a Napoleón su merecido descanso. Así, en un futuro no muy lejano y cuando el tenor de la batalla lo exija, quizás volvamos a tener a ese estratega lúcido que últimamente se diluía intentando explicar lo inexplicable por no mandar al muere a sus soldados.
Gracias por todo, Muñe; los hinchas verdaderos esperamos tu retorno cuando la espuma baje. El fútbol siempre da revancha.
