Por Guido Ramos Cattólico (@julioarguelles_)
Estoy en la tribuna viendo un partido. No reconozco la cancha. Tampoco me importa hacerlo porque sé que no existe. Las escenas se suceden, a veces frenéticamente, y otras tantas se pausan de forma imposible, para que yo, que soy el único espectador real, las pueda disfrutar, saborear, analizar los gustos, retrogustos y notas del espectáculo que atestiguo.
Después de un córner empieza un contragolpe fulminante. Lo lidera Adolfo Pedernera. Está jugando “La Máquina” de River. Tras un entramado de pases en velocidad, Adolfo toca para Labruna, que entraba por la izquierda del área grande apareado con un defensor.
Angelito deja pasar hábilmente la pelota y le llega a Loustau, quien la empalma a la carrera en dirección al primer palo con un fortísimo tiro. Ataja el arquero, Óscar Córdoba, mandándola al córner. Frente a la Máquina está nada más ni nada menos que el Boca de Bianchi, modelo 1998/99, el de los 40 partidos invicto.
Es el partido. Y transcurre en mi cabeza una y otra vez. Las jugadas cambian, el ritmo también. Pero cuando los jugadores se van definitivamente al vestuario el encuentro se reinicia. Son los dos equipos más representativos, renombrados y característicos de la historia del clásico más apasionante del mundo. Hace poco un amigo me incentivó a escribir cómo imaginaba este partido tan especial y acá va mi mirada sobre cómo sería este partido de fútbol-ficción.
Las sistemas en el papel

River era uno de los equipos que ya usaban el moderno sistema WM, el cual disponía teóricamente de 4 líneas: tres defensores netos que hacían marcación personal, dos volantes de contención que también estaban mayormente destinados a la marca personal pero también acompañaban ataques, dos volantes ofensivos que debían obstruir la salida del rival y bajar para llevar el juego a sus delanteros, y dos delanteros, dos wines y un centrodelantero.
A la WM original River le hizo varias modificaciones, retrasando a su centrodelantero, Pedernera, y subiendo el volante ofensivo izquierdo, Ángel Labruna. También bajaba el wing izquierdo, Loustau. Así quedaba confeccionado un 3-2-2-3 o 3-2-3-2 (dependiendo de cómo consideremos a Loustau, y siendo Moreno-Pedernera los 2 creadores).
Boca jugaba con un muy típico 4-3-1-2 o 4-2-2-2. Con cuatro defensores en zona, dos de ellos laterales muy ofensivos; un volante tapón, acompañado de dos trabajadores de la media cancha como Basualdo y Diego Cagna; un solo creador que era Juan Román Riquelme, y una dupla de atacantes, uno por afuera (Guillermo Barros Schelotto, cambiando constantemente de banda) y otro por adentro (el goleador Martín Palermo).
Qué intentaría Bianchi
El Virrey estudió. Se sumergió en un mar de revistas viejas para analizar a su rival. Sabe que los defensores de River practican una marcación personal férrea. Los cinco jugadores defensivos la practican, no hay ningún “líbero”: el 4 sobre el 11, el 2 con el 9, el 3 con el 7 y los halfs de apoyo (cuya misión es un 65% defensiva y 35% ofensiva) marcaban al 10 y al 8 rivales. La cuestión es que Boca tiene solo 3 atacantes netos (Riquelme, Guillermo y Palermo), porque Cagna, Ibarra y Arruabarrena llegan pero no están.
Guillermo Barros Schelotto es una cuestión aparte, porque además de pertenecer a esa estirpe de jugador “de antes” (su juego compartía características con el de Alberto De Zorzi y otros wines de los ’40 y ’50), tenía la costumbre de cambiar constantemente de banda. De derecha a izquierda y viceversa. ¿Cómo lo iba a marcar River?
¿Y cuándo ataquen los laterales? En la época de River los defensores estaban exclusivamente para defender. Va a ser clave que Boca fuerce a los cracks de River a correr hacia atrás. Que Moreno lo tenga que tapar a Cagna y Loustau se enfrente a Ibarra y el Mellizo.

Como lo pensarían los maestros de River
Ese equipo de River tenía varios directores técnicos, aunque algunos de ellos luego entrasen al terreno de juego. El diálogo entre Cesarini, Carlos Peucelle, Adolfo Pedernera y José Manuel Moreno era especialmente enriquecedor.
Para preparar el partido aprovecharían una ventaja tecnológica: disponían de videos y una cantidad mucho mayor de artículos periodísticos focalizados en táctica y estrategia del Boca de Bianchi. Así establecerían tres puntos clave para ganar el partido:
- Entereza anímica: Boca era un equipo con muchos jugadores de fuerte personalidad que estaban convencidos de lo que estaban haciendo. No hay forma de ganarle que no implique al menos empatar su fuerza de conjunto y mantener esa concentración los 90 minutos.
- Aislar a los de arriba: Habría que desarmar el circuito Schelotto-Riquelme-Palermo. Para eso River cuenta con tres jugadores defensivos especializados en marca personal (Yácono, Rodolfi y Vaghi).
- Los laterales: los dos marcadores de punta de Boca se iban al ataque asiduamente, lo ideal sería aprovechar los espacios a sus espaldas y agrandarles la cancha a los centrales de Boca, ambos bastante lentos.
Por qué ganaría River

River tiene a su favor la calidad extraordinaria de los cinco de arriba. Habría que ver cuantos equipos en la historia consiguieron juntar con éxito esa cantidad de jugadores talentosos. Fueron cinco genios del fútbol con y sin pelota, dirigidos por Adolfo Pedernera, el futbolista nacido más capaz de sentir y leer el partido desde dentro de la cancha, con panorama para ver, decidir y resolver como pocos en la historia del fútbol.
Si es por una cuestión cuantitativa del buen fútbol Boca está en problemas, porque, si bien tiene muchos buenos jugadores, crack-crack solo uno: Riquelme. River tiene al menos tres en el Fanfa Moreno, Adolfo Pedernera y Félix Loustau.
Riquelme tuvo algo de Moreno en la forma de cuidar la pelota y pisarla. También alcanzó a Adolfo en la maestría de poner en juego desde cualquier lugar de la cancha a sus delanteros. Pero lo que no tiene es otro genio de su calibre con el que dialogar futbolísticamente.
Cómo se impondría Boca
Las razones para imaginar una victoria de Boca son claras. Puedo ver un Boca que imponga un ritmo intenso. Que ponga la pierna fuerte para ganar la media cancha y rompa la marcación personal de River. ¿Cómo no pensar en el baile que le daría Riquelme a Rodolfi y Ramos?
La pelota parada es otra clave. El jugador promedio de Boca le saca cinco centímetros de altura y tres kilos de peso al jugador promedio de River. Era raro ver jugadores que superaran el 1,80 en 1940. River contaba con uno de los mejores cabeceadores de todos los tiempos (Moreno) y varios que acompañaban como Vaghi, Ferreyra, Rodolfi y Ramos, pero no eran especialistas. Boca le va a llenar el area con mucha gente muy capaz. Vean cómo era un córner en los ‘40 y cómo era uno a fines de los ‘90.


Tomemos el caso del duelo entre Ricardo Vaghi y Martín Palermo. Mientras la pelota esté en el suelo, con Vaghi encimándolo y sin dejarlo girar, es posible que Martín pierda el duelo (Vaghi tiene la experiencia de marcar cracks como Masantonio, Erico, Rubén Bravo o René Pontoni). ¿Pero qué va a pasar cuando llegue el centro de Guillermo y Palermo en movimiento le tire sus 83 kilos y 1,88 metros encima a Vaghi? Lo pasa por encima.
¡Qué lindo sería!
Lo que daríamos por ver de nuevo a ese Boca de una seductora sensación de invencibilidad, con un Riquelme inspirado y jugando a un fútbol de ritmo tanguero, tristón, dulce, apasionado. El fraseo lento del gordo Troilo es casi una homologación de la pisada de Riquelme, y a ambos los acompañaba el resto del equipo metiendo las notas que precisaban, componiendo, consiguiendo la armonía, llenando de sonido la cancha.
Y qué privilegio sería ver por primera vez a esa Máquina. Esas trenzas interminables entre Labruna y Loustau que iban haciendo paredes a la vez que rotaban sus puestos. Ni hablar de verlos a José y Adolfo, pensando el partido desde adentro de la cancha, sintiéndolo.
¿Qué milagro tecnológico es necesario para volver realidad esta fantasía? Usemos la imaginación un ratito. En ella alcanzo a ver a Palermo enfrentando al Ruso Vaghi, un enganche de Guillermo que deja pagando al Pacha Yácono, a Moreno trabando y ganando una pelota contra Cagna, el caño de Román a Rodolfi, el tiro de 30 metros de Adolfo que Córdoba manda al córner, Labruna comiéndole la espalda a Ibarra, Bermúdez revoleando por el aire a Loustau… Sí, ya están jugando.
