Por Rocío Gorozo (@RGorozo)
El martes de la semana pasada se disputaron los últimos partidos de Eliminatorias para 2026. En el Viejo Continente, dentro del Hampden Park, los goles de Kieran Tierney y Kenny McLean fueron festejados por sus compañeros, por todo futbolero de ley y en especial por el pueblo de Escocia, testigo/protagonista del desempate agónico versus Dinamarca y el retorno a un Mundial luego de 28 años.
Las celebraciones se sintieron tanto en Glasgow como en Buenos Aires, pues se viralizó un video del tenista Jamie Murray en un bar escocés de Palermo; se estima que hay alrededor de cien mil argentinos con tal ascendencia.

El lazo entre ambas naciones está atravesado no sólo por la inmigración, sino además por la figura de Diego Armando Maradona (la sana costumbre), quien estuvo en aquellos pagos tanto en su rol de jugador como de entrenador de la Albiceleste, y que sigue presente en la memoria colectiva mediante banderas, canciones, camisetas. El cariño era mutuo.
La “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo” para nosotros significaron una venganza por la guerra de Malvinas, mientras en otros puntos del planeta fueron motivo de admiración ante una figura capaz de enfrentar al imperialismo inglés, sufrido por ex-colonias (India, Bangladesh) y por la propia Escocia, que si bien es parte del Reino Unido de Gran Bretaña, fue víctima de los intentos de Inglaterra por imponer su cultura y autoridad. El fútbol no es ajeno: la rivalidad entre ambos seleccionados es la más antigua de la historia.
Sin embargo, no todo ha sido algarabía. Para Andrew Robertson, capitán del equipo, se combinó con la nostalgia, al recordar a su compañero del Liverpool, el fallecido Diogo Jota. Ambos se perdieron Qatar y conversaban sobre la posibilidad de disputar los encuentros en Norteamérica. “Sé que esta noche estará en algún lugar sonriéndome”. Seguramente, porque la amistad traspasa fronteras, a tal punto que supera los límites de la vida y la muerte.
El otro hito ocurrió en nuestro continente. Un 18 de noviembre de 1803, el líder Jean Jacques Dessalines derrotó a los franceses en la batalla de Vertières para proclamar la independencia de Haití. Un país al cual nunca le perdonaron haber sido cuna de la primera revolución latinoamericana contra el dominio europeo, menos aún considerando que fue gracias al despertar afrodescendiente, a los esclavos.
La intervención de Francia y, a partir del siglo XX, de Estados Unidos (combinando la “diplomacia del dólar” y el “Gran Garrote”) dejó huellas: endeudamiento, golpes de Estado, inestabilidad política, corrupción, pobreza extrema. A esto se le sumaron desastres naturales que empeoraron la situación y, actualmente, el país está tomado por pandillas armadas, cuyo centro de operaciones es el Estadio Nacional Sylvio Cator. Hay regiones en estado de emergencia debido a la violencia, los secuestros y la delincuencia que allí se perpetran.
El destino quiso que, el mismo día de aquel combate -pero doscientos veintidós años después- su selección se clasificara a la cita mundialista tras medio siglo sin participar. La mayoría de los Granaderos -que desde 2021 no juegan de local- se desarrolla en ligas extranjeras, no vivió ni vive en zona caribeña.
A pesar de ello, en la previa al encuentro contra Nicaragua, la arenga del delantero Duckens Nazon demostró sensibilidad ante las vivencias de los haitianos: “Podemos hacerles sonreír. Podemos hacerles llorar. Podemos hacerles llorar de alegría. Vamos, démosles eso, como mínimo. No tienen nada, chicos. No tienen nada en los bolsillos. Cuentan con nuestros pies”.
Lo lograron. Ganaron 2-0 y, al finalizar, se situaron con sus celulares en el medio de la cancha del Ergilio Hato de Curazao para ver el resultado de Costa Rica-Honduras. Apenas se dictaminó el empate comenzaron los abrazos, los bailes y los llantos; Puerto Príncipe, por una noche, salió de la oscuridad en la que se encuentra inmersa para disfrutar de una chispa de luz.
El Mundial de 48 equipos viene siendo cuestionado, sea por los objetivos comerciales involucrados o la pérdida de calidad de la competencia. Pero permite encontrarnos con milagros, experiencias impensadas e inolvidables. Cristiano Ronaldo, en un nuevo acto de pedantería (o quizás de intentar ocultar su insatisfacción) le baja el precio, declarando que “no es un sueño ganar la Copa del Mundo. ¿Definir qué? ¿Para definir si soy uno de los mejores de la historia? ¿Para ganar una competición con seis o siete partidos?”.
Se olvida que esos partidos son fuente de felicidad, de ilusiones; de la posibilidad de alegrarle el día, mes, año, hasta la vida a todos, especialmente a los desafortunados, los apasionados, los carenciados. Y, por qué no, la chance de obtener cierta “justicia divina” contra sus verdugos, sus opresores, los que se enriquecieron a costa de sangre, sudor, lágrimas y recursos.
Imaginemos escenarios en los cuales haya cruces entre Escocia-Inglaterra, Haití-Francia o Haití-Estados Unidos. Kevin Johansen canta: “Qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada. Soñar y nada más, con los ojos abiertos. Qué lindo que es soñar y no te cuesta nada más que tiempo”.