Por Emiliano Rossenblum (@EmiRossen)
Deryck Gillie puso un pie en el velero, que se balanceó lento, con esfuerzo, como si el principio de Arquímedes se hubiese quedado dando vueltas en la cama un rato más. El silencio era regla en gran parte del paisaje que ya quedaba a sus espaldas, y por delante el agua y las luces lejanas eran una carta de invitación a comenzar la jornada. Inspiró profundo. Sus pulmones agradecieron el aire fresco que acariciaba la mañana en el Club Náutico Azopardo de San Isidro.
No sabemos con certeza cuándo fue la última vez que ocurrió esta escena. No sabemos, tampoco, qué fue lo que pensó mientras el viento le avisaba una y otra vez cómo ajustar las velas.
Pero los datos que sí tenemos nos permiten imaginar. Imaginar que entre el mástil y el horizonte pasó por esa cabeza llena de amor, de proyectos y de revolución, el enorme desafío de compatibilizar la militancia en el peronismo con el hecho de tener hijos junto a Enriqueta, su pareja. Era 1977 y ninguna de las dos cosas era fácil de manejar.
Gracias a su ascendencia británica manejaba a la perfección el inglés, lo cual le había abierto puertas en la Armada como traductor. Pero en mayo su bien justificado miedo ya era tal que renunció al trabajo que había mantenido durante 13 años en la ENCOTEL (Empresa Nacional de Correos y Telégrafos).
A la hora en la que ni el río logró ser lo suficientemente grande para abarcar sus preocupaciones, quizás el pensamiento se le haya ido hacia su hermano Douglas. Era psicólogo, dos años mayor que Deryck, y a diferencia de nuestro protagonista (rosarino de nacimiento, bonaerense por casi tres décadas vividas en el AMBA), él sí había nacido en cuna británica. Era militante activo. Y lo estaban buscando.
El 30 de septiembre de 1977 un grupo de tareas lo detuvo ilegalmente en Recoleta (barrio donde vivía) y nada más se supo de él desde entonces. Es probable que Deryck no haya llegado a enterarse que su hermano había desaparecido.
El atardecer era uno junto al contorno de alguna ciudad uruguaya. Hora de volver. El velero puso rumbo al Azopardo, aunque su dueño no terminaba el recorrido allí; todavía le faltaba el camino hacia su casa en Quilmes.
Es en ese domicilio donde tocan el timbre el mismo 30 de septiembre de 1977. Atiende Enriqueta. Cuatro hombres se presentan como compañeros de Deryck en la Armada y entran para charlar con él. Le preguntaron sobre la militancia de Douglas. Lo encapucharon. Se lo llevaron.

Cuando puso un pie en el muelle aquella última vez, quizás ya se olía el peligro más cerca de lo habitual. Quizás tampoco quería imaginarlo porque en el camino hacia Quilmes alguna tapa de diario le recordó que el teniente general que se hacía pasar por Presidente de la Nación no estaba dispuesto a negociar sus ideales. Y que solo quienes resistían sabían cuál era el verdadero precio que estaba pagando la sociedad argentina.
Ellos, y sus familiares también. Porque Enriqueta Ortiz buscó a su marido y a su cuñado durante muchos años más. Denunció y denunció. Junto a Leslie Walder, hermana de los secuestrados, buscaron ayuda en la embajada británica. Y Gabriela, hija de Deryck, habló en el libro La niña comunista y el niño guerrillero de María Giuffra sobre cómo fue su infancia con un padre desaparecido.
A 48 años de la desaparición de los hermanos Gillie, la familia todavía tiene más preguntas que respuestas. Más bronca que paz. Más dolor que apoyo de quienes pueden hacer algo para que la causa reviva.
Pero si algo se aprende arriba de un velero, es a tener paciencia para escuchar lo que dice el río. A enfrentar el viento en contra y tener esperanza en que ya llegará el que acelere el recorrido. A recordar lo que uno fue, a amar lo que uno puede conseguir. Ahí se escondía el secreto de la lucha de Deryck. Ahí se esconde el secreto para seguir buscando la Memoria, la Verdad y la Justicia, por él, por Douglas y por los 30.000.
