Por Fabio Martín Olivé (@fmartinolive)
El desierto de frustraciones italiano a nivel selección solo encontró un oasis bajo el mando de Roberto Mancini, cuando Italia estuvo 31 partidos sin conocer la derrota y conquistó la Euro 2020 (jugada en 2021). Se logró porque al triángulo de hierro compuesto por Donnarumma-Bonucci-Chiellini se le sumó un Verratti en estado de gracia y un frente de ataque con Insigne, Chiesa, Bernardeschi y Berardi que transformaba cada gambeta en una jugada de peligro.
La llama, sin embargo, se extinguió rápido. Italia entró en un estado de nerviosismo pos-Euro y los penales errados por Jorginho en ambos duelos contra Suiza dejaron al campeón de Europa sin boleto a Qatar. Es costumbre por esas tierras buscar culpables afuera: Chiellini y Buffon culparon a Pep Guardiola y a sus ideas por las derrotas de entrenadores italianísimos como Giampiero Ventura, y tras la eliminación de la Euro 2025, la primera ministra Giorgia Meloni expresó que, para ella, “el problema es que cada vez hay menos jugadores italianos en la Serie A”.
Culpar a los extranjeros no es nuevo. En 1966, cuando la Italia de Facchetti, Rivera y Mazzola fue eliminada por Corea del Norte del Mundial, se decidió cerrar la importación de futbolistas extranjeros. Catorce años después se levantó la prohibición (el primero en llegar fue Falcao a la Roma) y comenzó la edad dorada de la Serie A.
Esa “edad dorada” de la Serie A quedó muy lejos. En este milenio, los clubes italianos se han vuelto el tiradero de desechos de los clubes más ricos. Los equipos italianos arman sus planteles con los descartes de Real Madrid, Manchester United o Bayern Múnich, dejando escaso (o nulo) espacio para desarrollar a jóvenes talentos que ven cómo sus carreras se diluyen entre la Serie B y el exilio.
En 2023, Italia fue finalista del Mundial Sub-20. De ese plantel, sólo Pio Esposito llegó a debutar en la selección mayor en este proceso mundialista: un Esposito que tenía solo un año de edad la última vez que Italia disputó unos octavos de final de un Mundial.
Carlalberto Ludi, director deportivo del Como, respondió al cuestionamiento sobre por qué no hay jugadores italianos en un proyecto como el que lleva adelante: “Los chicos que traemos del extranjero de las camadas 2004-2005 ya son titulares indiscutibles [en sus clubes], algo que nos cuesta encontrar en Italia”.
El cineasta Pier Paolo Pasolini explicó su visión de los distintos lenguajes en el fútbol. Para él, “el catenaccio y la triangulación son un fútbol de prosa: se basan en la sintaxis, en el juego colectivo y organizado, esto es, en la ejecución razonada del código. Su único momento poético es el contraataque que culmina en un gol. En definitiva, el momento poético del fútbol parece ser (como siempre) el momento individualista (regate y gol; o pase inspirado)”.
Hoy Italia no tiene poetas (Rivera, Totti, Del Piero, Verratti, Pirlo) y su prosa no es una prosa emocionante, viva, cautivante. La selección es un texto pedido a ChatGPT: bien estructurado, correcto, pero sin belleza ni ese nervio que hace circular la sangre.
La Nazionale siempre vivió de la economía de recursos. No necesitó, para campeonar, del Jogo Bonito, ni contar con el mejor futbolista de la historia o una Generación Dorada. Saber sufrir, actitud, malicia y un crack al que depositarle toda la fe. Hoy no hay lucha. Hoy no hay poesía. Hoy, otra vez, no hay mundial.
