Por Rocío Gorozo (@RGorozo)
A nadie se le escapa que son tiempos difíciles en la Argentina de Javier Milei. La baja inflación, la apertura comercial y el dólar barato tapan la realidad del día a día: caída del consumo, industrias y comercios que quiebran, desempleo, salarios insuficientes, protestas víctimas de la represión policial.
Ahora se les suma una reforma laboral que, en complicidad con varios miembros de la dirigencia política nacional y de las provincias, del empresariado y hasta de parte de la conducción sindical, viene a atentar contra los derechos consagrados en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, producto de largos años de lucha, sangre, sudor, lágrimas. “A mucha gente no le importa la miseria, solamente les interesa el poder”, canta Las Pastillas del Abuelo.
El 18 de febrero los 920 empleados de la histórica Fábrica Argentina de Telas Engomadas (FATE), que ya venían sufriendo el congelamiento de sus remuneraciones, se desayunaron con un comunicado que anunciaba el cierre de la planta industrial de la localidad de Virreyes, en el partido bonaerense de San Fernando.
Sus testimonios fueron desgarradores. «Vivimos endeudados para llegar a fin de mes”, “no nos podemos quedar en casa llorando”, “tengo dos hijas y soy el único sustento de mi familia”, “quise que mi hija estudiara para que no termine en la fábrica de operario como yo”, “en pandemia éramos esenciales y ahora somos descartables”.
Las respuestas del oficialismo, como de costumbre, se tiñeron de crueldad: el economista Juan Carlos de Pablo -en una nota publicada en La Nación- les sugirió aceptar la indemnización, dosificar gastos y abocarse a «mejores emprendimientos»; el periodista Luis Majul minimizó la situación, justificando que inmediatamente podrían hacer Rappi, Uber o abrir un parripollo. El propio presidente planteó que se trataba de una estrategia extorsiva y de complot contra su gobierno.
Por suerte, los trabajadores no están solos. El pasado viernes recibieron el apoyo de los clubes de barrio cercanos a FATE, que organizaron frente a la puerta de entrada un fulbito y llevaron pancartas y folletos contra los despidos: Barrios Unidos, 8 de Octubre, Santa Catalina y Cantera Zona Norte-Futsal.
Muchos de ellos atravesaron esos lugares, festejaron cumpleaños y asados, llevaron y llevan allí a sus hijos, han colaborado con la compra de camisetas, pelotas y otros recursos. Inclusive, ya aparecieron carteles entre la hinchada de Tigre.
No se trata entonces de un simple gesto de solidaridad, sino que da cuenta de un vínculo que excede a lo meramente deportivo. Es una nueva demostración de la importancia de estos espacios de encuentro y contención, de sentido de pertenencia, de valores compartidos. Son la semilla de un rasgo fundamental de la idiosincrasia argentina.
El Ministro de Desregulación y Transformación, Federico Sturzenegger, deliberadamente refirió al recorte salarial por enfermedad con la frase: “Si te lastimaste jugando al fútbol, algo en lo cual vos tomaste una acción activa y el empleador no tiene nada que ver, o sea que te discapacitaste para el trabajo por un tiempo; en ese caso es el 50% [del sueldo]”. ¿Qué esperar de un deudor de la cuota social de su club (Gimnasia de La Plata), capaz de hinchar por el clásico rival y soñar con las SAD?
Tabaré Cardozo, cantante y compositor uruguayo, recita: “Sale de su casa, da un portazo. La pelota bajo el brazo, salta el muro y el portón. Cruza hasta el baldío de la esquina, donde el mundo se ilumina y cada niño es un campeón. Y en el medio de la tarde, un gol resplandece mucho más que el sol. Y la vida parece que fuera un juego, un juego que todos podemos ganar”. Solo así se entiende que este amado deporte, de una forma u otra, aparezca en las luchas populares; antes en favor de los jubilados, ahora de los obreros. De allí el afán de los poderosos en someterlo a las reglas del mercado.
