Por Rocío Gorozo (@RGorozo)
Cuando hablamos sobre referentes del hockey femenino, es inevitable pensar en las que lo llevaron y lo siguen llevando a lo más alto desde principios de este siglo. Pero antes que ellas hubo una que podría haber integrado esa lista selecta y, lamentablemente, fue la primera deportista desaparecida por el régimen de Jorge Rafael Videla.
Se llamaba Adriana Inés Acosta Bernardi y nació el 19 de enero de 1956 en Lomas de Zamora. Hija de Teresa y Oscar, hermana mayor de Leticia y Marcelo, todos socios e hinchas de Los Andes. Alegre, graciosa, estudiosa, generosa, sensible, charlatana y solidaria. Apodada Tota o Lechu por sus allegados, transitó su infancia y adolescencia en Castelli 1936, llevando consigo su palo «banana» a todas partes.
Asistió al Colegio Balmoral de Banfield, donde comulgó sus buenas calificaciones y condecoraciones -medalla de oro y mejor compañera- con sus inicios en el hockey sobre césped, lo que la llevó a participar en el Club Lomas Athletic, uno de los punteros del país; allí fue jugadora de Primera División -vistiendo la camiseta 7-, como así capitana del equipo juvenil campeón metropolitano de la temporada 1972, haciendo catorce goles.
Su calidad como wing derecho, hábil y tenaz la colocó en el radar de la Selección Argentina, debutando a sus 16 años en las juveniles. En 1973 obtuvo la capitanía de la Selección de Buenos Aires que ganó el Torneo de la República y fue citada a la Mayor, jugando su primer partido internacional contra Estados Unidos.
En 1974 fue preseleccionada para el Primer Campeonato Mundial de Hockey Femenino de Cannes y en 1975 participó de la gira por Inglaterra, llevando el número 9 en su espalda. Posteriormente, colgó los botines en el club Longchamps de Almirante Brown.
Su pasión por el deporte fue de la mano con la importancia de cultivar el saber académico, el compromiso político y una fuerte conciencia social. Ya de niña ayudaba a sus compañeros de la escuela, en la Iglesia, a ancianos, personas con discapacidad y a mujeres en situación de vulnerabilidad. Trabajó en el Hogar Patiño de Lomas, que funcionaba como instituto de menores.
Estudió Ciencias de la Educación, cursó algunas materias de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata (ciudad donde compartió departamento con Jorge Omar Bonafini -hijo de Hebe de Bonafini- y su esposa), pero en 1976, dada la persecución dictatorial, decidió pasarse a Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires. Ya militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML).
A pesar del temor de sus padres, no estuvo dispuesta a renunciar a su lucha en pos de la democracia y los derechos humanos. Por ello, el sábado 27 de mayo de 1978 a las 15:40 horas fue secuestrada en La Tuerca de Pérez, una pizzería ubicada en la esquina de Beiró y Segurola en Villa Devoto donde había ido a comer con amigos.
Fue trasladada a El Banco, centro clandestino de detención ubicado en La Matanza, cerca del aeropuerto de Ezeiza. Mientras se desarrollaba en suelo argentino el verdadero Mundial más caro de nuestra historia, ella (como tantos otros) fue torturada continuamente hasta ser arrojada a las aguas del Río de la Plata en uno de los vuelos de la muerte.
Así le arrancaron su futuro. Podría haber sido partícipe de la conquista del Oro en los Juegos Panamericanos de 1987, a sus 31 años y junto a Marcela Hussey. Podría estar reencontrándose con ella en la subcomisión del Lomas Athletic. Podría haber festejado, junto a su familia y en su barrio de origen, su título de médica o contadora.
En cambio, se perdió los clásicos entre Los Andes y Temperley. No pudo amadrinar a las Leonas, abrazarlas en la derrota, celebrar sus triunfos y apoyarlas en pos de mejores condiciones laborales/deportivas. No pudo estar al pendiente de la Casa Patiño, Centro de Protección de Primera Infancia, como cuando era chica. Tampoco movilizarse denunciando el abandono estatal sobre el CeNARD, cuya pista de hockey sintético lleva su nombre desde el 2009.
Por eso el canto de sus compañeras: “por la derecha resplandece Adriana, que por ser buena y capaz es capitana…”, debe ser un himno de empoderamiento para aquellas niñas y adolescentes que van de allá para acá con sus botines, palos y uniformes, y sueñan con continuar con sus estudios a la par de vestir la Albiceleste.
Y si sueñan, por qué no hacerlo con un mundo empático y justo como lo hizo ella, la primera Leona, tanto dentro como fuera del césped, cuyo rugido nos fue arrebatado por el terrorismo de Estado de 1976-1983.
