Por Matías Mosquera (@matiasmosquera)
“Ereván, capital de Armenia, se asienta a los pies del monte Ararat, que se alza con sus 5.265 metros de altitud sobre la meseta circundante. Muchos días su cima emerge de una forma de nubes situada a medio camino del cielo, como si fuera un nuevo universo en formación. El nombre de Ararat procede de la raíz armenia ara, que significa vida y creación. El monte Ararat es el símbolo nacional de Armenia y como tal aparece en mapas, banderas y pinturas. Se supone que aquí fue donde el Arca de Noé reposó tras el diluvio universal”.
Esta descripción de Robert D.Kaplan en el libro Rumbo a Tartaria: un viaje por los Balcanes, Oriente Próximo y el Cáucaso es ideal para entender por qué a pesar de una historia marcada por invasiones, desplazamientos y un genocidio, el pueblo armenio ha mantenido una identidad persistente. Hoy, aunque el Ararat se encuentre dentro del territorio turco, su silueta sigue siendo el gran símbolo nacional: aparece en monedas, en el escudo del país… y hasta en camisetas de fútbol.
Política y fútbol de Armenia en la URSS

El FC Ararat Ereván es el único club con tradición en una república cruzada por la crisis, encerrada entre vecinos con los que no se lleva bien, y muy dependiente de Moscú o el dinero que llega de las diásporas. Los clubes de fútbol aparecen y desaparecen detrás de caprichos de empresarios de dudosa reputación y pocos pasan los 30 años de existencia.
Cuenta el periodista Jonathan Wilson en Behind the Curtain que los primeros rastros de fútbol armenio aparecen en 1890 en Calcuta, durante un seminario teológico. El primer partido en territorio armenio se jugó recién en 1920: Kumayri 3-1 Ereván. Nuestro protagonista, sin embargo, nace en 1935, cuando jóvenes comunistas fundan el Spartak Ereván.
Tras desprenderse del Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial, en 1922 Armenia fue anexionada a la URSS. El Spartak comenzó en la Liga de la República Socialista Soviética de Armenia en 1936 y en su primera participación terminó 2do, detrás del Dinamo Ereván. Dominantes en casa, ambos equipos aplicaron para ser parte de la Liga Suprema de la URSS y fueron aceptados. El Spartak arrancó en lo que era una cuarta categoría y el Dinamo en la quinta.

En 1948 el Dinamo Ereván llegó a la Liga Suprema y en las últimas fechas enfrentó al Dinamo Moscú, equipo del Ministerio del Interior soviético. El partido estaba 3-0 para los armenios cuando, en el entretiempo, llegó el mensaje desde Moscú: esto no podía pasar. El DT local sacó a sus figuras y la leyenda cuenta que un hombre de sobretodo negro se paró detrás del arquero armenio susurrándole “fallá”. El partido terminó 4-3 para los moscovitas, que luego serían campeones.
Es en los años ’50 cuando nuestro Spartak Ereván empieza a hacer buenas campañas en segunda. En el ’54 no solo pelea el ascenso, sino que hace una gran Copa de la URSS y llega a la final en Moscú contra el Dinamo Kiev. El arbitraje fue discutible: al Spartak no le cobraron dos penales y le anularon un gol, mientras alos de Kiev les convalidaron un gol en offside. Terminó 2-1 a favor de los ucranianos.
El fisioterapeuta del Dinamo, Yuriy Beziyinny, contaría más adelante que en ese entonces sus jugadores estaban absolutamente pasados de café veloz. Coincidió con la celebración de los 300 años de la unión entre Rusia y Ucrania. Otros tiempos.
Al año siguiente pelea el campeonato y su rival directo es el Dom Ofitseov Sverdlovsk, equipo ruso bajo órbita militar. En el partido entre sí en Armenia, lo mismo: gol anulado, polémicas y otro año en segunda. Recién en el ’56 llegaría el merecido ascenso.
Un fuego de identidad en el hielo soviético

En los ’70, ya renombrado como Ararat Ereván, se vuelve un equipo dominante. Desde la periferia deja su marca en la Liga Suprema, uno de los campeonatos más duros del mundo y uno de los juguetes de poder preferidos de los burócratas del Partido Comunista y las distintas estructuras del Estado soviético. Con todo en contra, 1973 será el año dorado en la historia del fútbol armenio. De la mano de Nikita Simonyan (máximo goleador de la historia de la Liga) como entrenador, el Ararat logra un doblete histórico: Liga y Copa.
En la final del torneo mata-mata pudo tener revancha contra el Dinamo Kiev. Faltaban dos minutos en el Luzhniki y el Dinamo ganaba 1-0. El DT, para cerrar el partido, sacó a Kolotov y Blokhin, sus máximas figuras. Pero quedaba una jugada más y el 8 del Ararat, Levon Ishtoyan, rompió líneas y desde el borde del área la clavó al ángulo. 1-1 y delirio de los 15.000 armenios que habían viajado hasta Moscú.
El partido fue a tiempo extra y el Dinamo, sin sus figuras, no pudo contener a los armenios. Otra vez apareció Ishtoyan y puso el 2-1. Campeones en el centro de la URSS. En Armenia, cuentan, el monumento a Lenin en la Plaza de la República amaneció con un 8 pintado en la espalda.
Algunos días después superó 3-2 al Zenit de St. Petersburgo en casa para asegurarse la primera posición en la Liga Suprema. Un doblete histórico. Al año siguiente, en la Copa de Campeones de Europa llegó hasta cuartos, donde perdió 2-0 en Múnich contra el Bayern, al que luego vencería 1-0 en casa. El Ararat quedó en la historia como recuerdo de una unión nacional masiva que permitió pelear de igual a igual con los gigantes.

“Los jugadores del sur son más técnicos, más hábiles, algo que a veces es más complicado para el juego colectivo”, le cuenta Simonyan a Jonathan Wilson. Pero Nikita armó un equipo sólido que defendía bien y al que era difícil hacerle un gol. Ni hablar en el Estadio Hrazdan, construido en 1970 para albergar a 75 mil espectadores o más, que se subían a la ola de este Ararat.
Las políticas de rusificación impulsadas por la URSS encontraban resistencia en los estadios de las repúblicas, donde sobrevivían el lenguaje y la identidad local. “Haya-stan” sonaba en el estadio (Vamos Armenia), consigna de los movimientos independentistas que, censurados, se filtraban desde ese subterfugio cultural que era el fútbol.
Diluvia, pero siempre estará el Monte
Tras la caída de la Unión Soviética y la independencia de Armenia, el Ararat fue perdiendo fuerza. Ganó la Liga Armenia en 1993, pero los tiempos de gloria se fueron diluyendo. Hoy pelea los últimos puestos y el equipo que más da que hablar es el FC Noah. Campeón local en la 24-25, este año metió una buena Conference League. Llegó hasta los play-offs, donde cayó ante el AZ Alkmaar a pesar de imponerse 1-0 en Ereván.
Para ellos, aún así, decir «Ereván» no es decir «casa». FC Noah fue fundado en 2017 bajo el nombre Artsakh F.C. Si bien siempre estuvo en la capital, busca representar a la República de Artsaj, hoy bajo control de Azerbaiyán tras la última guerra de Nagorno-Karabaj. Una estocada más para una nación herida que, tras la división de fronteras pactadas entre la URSS y Turquía en 1923, perdió su monte, que quedó dentro de territorio turco.
En la cima del Monte Ararat, cuenta el Génesis, se asentó el Arca de Noé para sobrevivir el diluvio universal. No existe una sola casa armenia que no tenga el nostálgico monte nevado estampado: en fotos, pinturas, alfombras o en el escudo de su equipo de fútbol. Cada vez más asediada, el monte, el arca y el Ararat Ereván del ’73 mantienen la llama.
