Por Luca Palmas (@lucapalmas_)
La tarde del domingo 27 de octubre de 2002 era silenciosa en Huancayo. Se había jugado al fútbol en el estadio municipal y las calles estaban desoladas. En el comedor del hotel Santa Felicita, situado a quince cuadras de la cancha, un hombre merendaba acompañado de dos mujeres: su esposa Amelia y su suegra Enith. Márcio dos Santos, quien tomaba un té, era brasileño y jugaba a la pelota.
La televisión del bufet mostraba el resumen del partido disputado en el Municipal. El puntero paulista había convertido un gol para su equipo, Deportivo Wanka, ante Alianza Lima. Recordó que el sábado había sido el Día de la Suegra y, después del cabezazo, enseñó una remera que decía “Felíz día, Doña Enith”. De vuelta en el hotel, tras la victoria por tres a uno en la Fecha 16 de la Primera División peruana, sintió un fuerte dolor de estómago y pidió un té de manzanilla.
Los mozos servían la cena. El mudo clima de la tarde en el Santa Felicita había sido reemplazado, durante la última hora, por la penetrante sirena ambulatoria, movimientos desesperados y el volumen alto de la televisión. Los comensales se encontraban anonadados. Justo en ese instante el canal 5 iniciaba un Último Momento.
Irma, la dueña del hotel, ordenó a los mozos que pararan de hacer ruido, agarró el control y subió aún más el volumen de la TV. Una gota de sudor, de llanto o de quién sabe qué cayó por su mejilla derecha después de leer el graph: “Fallece el futbolista brasileño Dos Santos”.
El periodista comunicaba desde la puerta del Hospital El Carmen que el jugador de 28 años había sufrido un malestar mientras disfrutaba el triunfo de Wanka con sus familiares en el Hotel Santa Felicita. El causante de la muerte seguía en investigación, pero, según los especialistas médicos contactados por el canal, podía deberse a un paro cardiorrespiratorio avivado por los 3259 metros de altura sobre el nivel del mar. Irma meneó la cabeza en forma de rechazo y apagó la televisión.
El estadio de Huancayo es uno de los más altos de la Comunidad Andina, conformada por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú. A pesar de la muerte de Márcio, no sufrió ninguna clausura. Aún peor, el Wanka cambió la sede dos años más tarde en busca de sacar aún más ventaja deportiva y salvarse del descenso: fue local a 4380 metros en Cerro de Pasco, la ciudad más alta del mundo. El club bajó de categoría de igual manera, entró en conflicto con la Federación Peruana de Fútbol y desapareció en 2008.
Una noche de septiembre de 2025, 23 años después del fallecimiento de Márcio, la dirigencia de la Federación miraba la última fecha de las Eliminatorias Sudamericanas al Mundial 2026 en uno de los palcos del Estadio Nacional de Lima. Perú, ya eliminado, perdía con Paraguay por uno a cero.
Uno de los directivos pensó en voz alta: “Bolivia juega a 4200 metros, Ecuador a 3000, Colombia en una zona donde hace 40 grados. Todos continúan en carrera al Mundial salvo nosotros”. Al día siguiente, la prensa filtró que la Selección Peruana disputaría sus partidos como local en las Eliminatorias a la Copa del Mundo 2030 en el Estadio Inca Garcilaso de la Vega, en Cusco, a 3400 metros.
Márcio dos Santos Canhas, nacido el 10 de diciembre de 1973, garoto en las calles de Água Branca, goleador en el Nacional Atlético Clube, arribó al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima una mañana de 1999. Tenía 26 años, no conocía Perú y llegaba tras 12 goles en 19 partidos en el Deportivo Pereira.
Estaba escoltado por su compatriota Evaristo Piza, con quien había tirado canetas en Colombia. Márcio, con su barba candado, y Evaristo, con una sonrisa contagiosa, eran dos brasileños más en la época dorada de la samba en Perú: Julinho jugó una década en Sporting Cristal, Sport Boys alineaba cuatro brasileños por partido y Esidio fue campeón nacional tres veces con Universitario, entre otros casos.

Márcio jugaría poco en Alianza Lima. A pesar de los míseros tres encuentros disputados y de no cumplir con las expectativas de la Comando Sur (la barrabrava del club), había establecido una relación con el país al conocer a su pareja. Después de cortos pasos por el Deportivo Pasto colombiano y el Zacatecas mexicano, volvería a Perú.
El desafío era menor a jugar en el equipo más exigente del país, pero difícil en lo cotidiano, en lo ajeno al fútbol: Wanka era un pequeño club de Huancayo, cerca de Jauja, ciudad conectada a la capital Lima mediante el Ferrocarril Central Andino, una de las rutas ferroviarias más altas del mundo.
“Vivo en los Andes Centrales –diría el brasileño a pocas semanas de llegar–. Cada vez que mi equipo juega de visitante, la temperatura en la ciudad a la que llego es muy diferente a la de aquí”. Sin embargo, a falta de un año para el último gol de su vida, no tenía impedimento físico para hacer deporte.
Los peruanos finalizaron anteúltimos en las Eliminatorias 2026. Hicieron de local en Lima, en el llano, y fueron el seleccionado que menos puntos sacó en esa condición. En 2022, Juan Reynoso, el entrenador de aquel entonces, declaró que había propuesto cambiar la localía. Se buscaba superar la altura capitalina, principalmente ante Argentina y Brasil, los rivales más fuertes de la zona. La sede sería rotativa entre Cusco y Arequipa.
Realizaron varios análisis con Agustín Lozano, el presidente de la Federación, y el histórico futbolista devenido en dirigente Juan Carlos Oblitas. El plan parecía en marcha, los estadios ya habían sido elegidos, pero los comprometía un obstáculo interno.
“Los de México no tendrían problema, tampoco algunos citados del medio local […] No queremos llegar a ser Bolivia, que hoy seis o siete jugadores juegan fuera y la ventaja no termina siendo tanta”. Los mismos futbolistas peruanos, que participan en ligas de Inglaterra, Brasil, Argentina, Dinamarca y hasta Letonia, no están tan acostumbrados a la altura como para sacarle una gran diferencia al resto de selecciones.
En cierto punto, es como si Argentina tuviera un cuatrimestre complicado y eligiera Tierra del Fuego para “beneficiarse” de las heladas con -5 grados. De Paul nació en Sarandí, Molina en Córdoba; sólo pisaron el sur para el viaje de egresados a Bariloche. El único que se sentiría cómodo y haría la banda tranquilo, como en los potreros de Neuquén, sería Acuña.
En 2001 Márcio advirtió el peligro de jugar en los clubes de Huancayo. Enfermaba al viajar como visitante con el Wanka. Los partidos de local eran a 3259 metros y, salvo otros destinos como Arequipa, los demás estaban en el llano. Cuando en Huancayo hacían 5 grados, Lima tenía 20. Uno era seco y frío; el otro, cálido y templado.
El brasileño, a su vez, denunció los servicios sanitarios y básicos huancaínos: “Es muy difícil jugar aquí. Cada futbolista se alimenta solo, y esta alimentación es precaria. Todos los jugadores están expuestos a una gran variedad de enfermedades”.
La ilusión de Márcio estaba intacta. Tras un semestre en Rangers de Talca, donde salió subcampeón de la liga chilena, volvió a Wanka. No negociaba abandonar la venda de la nariz para que fluyera la respiración ni la camiseta de mangas largas.
Tampoco dejaba lugar a la duda al amor: se había comprometido con la mujer peruana. El 27 de octubre de 2002, en el vestuario, tomó la decisión de homenajear a la suegra. Anotó el dos a uno que le daba la victoria a su equipo ante Alianza Lima y la permanencia en Primera División. Levantó la camiseta y mostró la remera festiva.
Irma recibió al canillita que traía los diarios para el desayuno de los huéspedes. El joven dejó revistas de moda, fanzines y un deportivo. La dueña del Hotel Santa Felicita tomó este último periódico. En la tapa, Márcio festejaba su gol para la eternidad.
