Por Fabio Martín Olivé (@fmartinolive)
Antonio Piavoso era fan de los Beatles y del Loco Gatti. Había decidido dejarse el pelo largo, a la moda de los años 70, como una forma de parecerse a sus ídolos, de construir una identidad propia. Ese mismo pelo largo, ese gesto mínimo de libertad, sería, tiempo después, el motivo por el cual lo secuestraron.
Nació el 13 de agosto de 1953 en La Plata. Desde joven decidió ser arquero, aún cuando le repetían que no tenía la altura ideal para el puesto (medía 1,77m). No le importaba. Había algo más fuerte que la lógica o el prejuicio físico: el deseo. El deseo de volar, de descolgar centros, de adueñarse del área. Y, sobre todo, el deseo de gritar “¡El Locoooo!” cada vez que atrapaba la pelota, como si en ese grito pudiera tocar, aunque fuera por un segundo, a su ídolo.
Quedó libre en las inferiores de Estudiantes y, en una decisión que también tenía algo de rebeldía, cruzó de vereda para sumarse a Gimnasia, donde coincidió justamente con Hugo Gatti. El sueño estaba ahí, al alcance de la mano. Sin embargo, su paso por el primer equipo fue breve: apenas tres partidos en el Metropolitano de 1973, ninguno completo.
Uno de esos partidos, frente a Rosario Central, lo marcaría. Un error suyo terminó en el gol de Aurelio Pascuttini que definió el encuentro. En la crónica posterior para la revista El Gráfico, el periodista Horacio Pagani escribió que “la victoria llegó por un grave error de Piavoso, que fue el corolario de una desafortunada actuación”.
En 1974, su carrera futbolística se volvió errante: Atlético Mones Cazón, Athletic de Azul, Nación de Mar del Plata. Equipos de ligas locales, lejos del foco, donde el fútbol se mezcla con la vida cotidiana. Allí pudo seguir jugando los fines de semana, despuntando el vicio, mientras avanzaba con sus estudios de arquitectura en la Universidad Nacional de La Plata. Porque Piavoso también era eso: un estudiante, alguien que proyectaba edificios, que imaginaba espacios, que pensaba el mundo desde otra lógica.
Para 1977 estaba en quinto año de la carrera y trabajaba en el estudio 2a&2i, en el centro platense. Había colgado los guantes, pero no había dejado de ser quien era. Los Beatles seguían sonando en su casa a pesar de se habían separado hacía siete años. Seguía manejando su Citroën para ir a recitales, para encontrarse con alguna chica o para sentarse en un bar a hablar de fútbol con su amigo Humberto Moirano, a quien conocía desde las inferiores.
“A vos te llevamos porque tenés pelo largo” fue lo que alcanzó a escuchar Moirano mientras temblaba, con los ojos cerrados y la nariz tan pegada a la pared que la cal parecía mancharle la cara. Cuando se dio vuelta, su amigo Piavoso ya no estaba. La atmósfera estaba cargada, pero el espacio, vacío. Los milicos se lo habían llevado por estar en el momento y lugar equivocados.
El operativo no era por él. Buscaban a Jorge Martina. Pero no hacía falta ser el “objetivo” porque nunca hubo motivo para la crueldad. Se lo llevaron por parecer hippie, por querer ser como el Loco Gatti o como John Lennon. Por querer tener una identidad. Por querer ser.
Ese día se interrumpió todo. Se interrumpió la posibilidad de que cuente, años después, que una vez le tocó reemplazar a su ídolo. Se interrumpió la risa inevitable al recordar aquel gol que se comió. Se interrumpieron los relatos de vestuario, las charlas de café y los festejos de tres mundiales. Se interrumpen los planos que no llegó a dibujar, las obras que no llegó a proyectar, las historias que no llegó a vivir.
Quedan, apenas, tres partidos. Tres derrotas. Cuatro goles recibidos. Un puñado de datos que, en cualquier otra biografía, serían irrelevantes. Pero acá no. Acá son huellas. Son pruebas de existencia. Son la forma mínima de decir: estuvo. Antonio Piavoso fue futbolista. Fue estudiante de arquitectura. Fue amigo. Fue alguien. Antonio Piavoso está, como otros 30.000, presente.
