Por Sebastián Tafuro (@tafurel)
La historia de Daniel Schapira, reconstruida por primera vez por el periodista Oscar Pinco en el diario Los Andes en 2001 y luego profundizada por Gustavo Veiga en Deporte, desaparecidos y dictadura, se transformó con el tiempo en un símbolo que excede al tenis: el de una vida atravesada por el deporte, el compromiso político y la violencia del terrorismo de Estado.
Schapira nació el 18 de octubre de 1950 en la Ciudad de Buenos Aires. Tenía 26 años cuando fue secuestrado en abril de 1977, en la esquina de San Juan y Boedo, por un grupo de tareas. Desde entonces permanece desaparecido. Su figura es recordada cada año en el Día del Profesor de Tenis, que se conmemora en la fecha de su nacimiento, y también en una Copa que lleva su nombre.
Tenista destacado -llegó a ubicarse en tres ocasiones entre los diez mejores del ranking nacional-, compartió generación con jugadores como Ricardo Cano y fue parte de una camada que creció entre clubes como GEBA, Comercio y San Lorenzo.
Quienes lo conocieron destacan tanto su talento deportivo como su vocación docente: dio clases en DAOM y Macabi, y su mirada del juego combinaba sensibilidad táctica y pasión. Una anécdota ilustra ese ojo clínico: tras perder un partido, describió con precisión el estilo de un joven rival zurdo que le pegaba de revés de forma muy enroscada. Ese jugador era Guillermo Vilas.
Pero su vida no se agotaba en el tenis. Estudiante de Derecho en la UBA, Schapira fue ayudante en la cátedra de Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña, y militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Su compromiso político lo llevó a Córdoba, donde en 1976 fue perseguido y baleado por fuerzas represivas. Gravemente herido, logró escapar y regresar a Buenos Aires. Su hermano Edgardo recuerda que, incluso en ese contexto, se negó a abandonar el país: sentía que hacerlo sería “traicionar y abandonar a sus compañeros”.
En la clandestinidad, cambiaba de refugio cada noche, pero mantenía el vínculo con su familia. “A pesar del horror por el que estaba pasando, su pasión por el tenis lo llevaba a recomendarme la táctica para jugarle al rival que me tocaba”, evocó su hermano. Esa mezcla de convicción política y amor por el deporte define buena parte de su legado.

Schapira fue visto en centros clandestinos como la ESMA y la Superintendencia de Seguridad Federal, donde fue brutalmente torturado. Su esposa, Andrea Yankilevich, estaba embarazada de un mes al momento de su secuestro; su hijo, también llamado Daniel, nació meses después y hoy está vinculado al deporte.
Recién en 1984 se formalizó la denuncia de su desaparición. Décadas más tarde, su legajo universitario fue señalizado como el de un estudiante detenido-desaparecido, y su imagen integra el mural de los estudiantes de Derecho víctimas del terrorismo de Estado.
Su historia, sin embargo, sigue generando nuevas capas de memoria. Desde Italia, los periodistas Roberto Brambilla y Alessandro Mastroluca publicaron hace unos años Dónde está Daniel Schapira. Desaparecido, un libro que reconstruye su vida a partir de testimonios y documentos.
El proyecto nació, según cuentan, de la curiosidad periodística y del cruce entre deporte e historia. “Juntar las piezas de la historia de Daniel era también reconstruir un contexto, un momento y una época de la Argentina”, explican en una entrevista que el autor de esta nota realizó para Tiempo Argentino.
La investigación comenzó en plena pandemia, cuando contactaron a Pinco y, a través de él, a la familia. Ese proceso no solo permitió ampliar la información disponible, sino también devolver fragmentos de la historia a quienes la habían vivido de cerca. “Contar la historia de un desaparecido es volver a darle vida, a darle dignidad a su trayecto humano”, sostiene Brambilla. Para los autores, el caso de Schapira funciona como un paradigma: el de una persona que “soñaba con un mundo mejor y decidió sostener sus ideales hasta el final”.
El deporte, coinciden, es una herramienta poderosa para narrar estas historias. No como un ámbito aislado, sino como parte de una trama social y política más amplia. En ese sentido, Schapira no es solo un tenista desaparecido, sino también un testimonio de época: el de una generación atravesada por la violencia estatal, pero también por la convicción y la búsqueda de justicia.
A casi cinco décadas de su secuestro, su nombre sigue circulando entre canchas, aulas y libros. Cada evocación, cada investigación y cada relato contribuyen a lo mismo: que Daniel Schapira no sea apenas una ausencia, sino una presencia activa en la Memoria.
