Por Emiliano Granja
Esta es la segunda parte del artículo. Podés leer la primera acá: https://lapelotasiempreal10.com/historias-minimas/copa-de-la-independencia-1972-el-trasfondo-politico/
En la primera fase del torneo, quince seleccionados se dividieron en tres grupos de cinco equipos cada uno, donde solo el primero accedía a la próxima fase, mientras otros cinco quedaron eximidos de jugar la primera ronda por ser “campeones del mundo”. Lo cierto es que solo Brasil y Uruguay tenían esa condición. Checoslovaquia, Escocia y la URSS accedieron a segunda fase por ser los reemplazos de Alemania, Inglaterra e Italia respectivamente.
El Grupo A incluía a Argentina, Colombia, Francia y los combinados de África y Centroamérica. En el Grupo B se enfrentaron los sudamericanos Chile y Ecuador con Portugal, Irlanda e Irán. Por último, el Grupo C reunió a cuatro selecciones de CONMEBOL (Bolivia, Paraguay, Perú y Venezuela) junto a Yugoslavia.
En el grupo A, Argentina consiguió el primer puesto por mejor diferencia de gol frente a Francia. Las abultadas victorias del conjunto albiceleste frente a Colombia y CONCACAF determinaron su pasaje a la siguiente fase. En el grupo B, la Portugal de Eusébio arrasó y se clasificó cómodamente. El grupo C, mientras tanto, fue dominado por Yugoslavia, que con un fútbol ofensivo y de gran calidad técnica aplastó a las sudamericanos, goleada 10-0 a Venezuela incluida.
Faltó lo mejor del fútbol
Pese a toda la expectativa generada por los medios de comunicación, el torneo comenzó de manera tímida y no terminaba de entusiasmar al público brasileño. La ausencia del equipo local en la primera fase, los elevados precios en las entradas y la presencia de equipos con muy bajo nivel competitivo atentaron contra el espectáculo y la recaudación.
En pos de mostrar estadios rebosantes de hinchas, el comité organizador empezó a regalar entradas a estudiantes primarios, secundarios y universitarios, lo cual sorprendió teniendo en cuenta que las altas casas de estudio eran, en su mayoría, los símbolos de más fuerte oposición al régimen dictatorial.
Algunas selecciones tampoco se tomaron muy seriamente el torneo. Irán, por ejemplo, olvidó sus camisetas por lo que debió tomar prestadas las de el Santa Cruz de Recife. Los irlandeses, por su parte, parecían más preocupados por probar el alcohol brasileño que por cuidar su forma. Se cuenta que, entre todos los integrantes de delegación, llegaron a consumir más de 150 jarras de cerveza en una sola noche.
La organización del torneo también contribuyó a bajarle el precio al certamen cuando, debiendo sonar el himno nacional irlandés, se escuchó por los altoparlantes del estadio “God Save the Queen”, canción patriótica del Reino Unido. El error tampoco cayó muy bien entre los irlandeses.

La segunda fase
Argentina, Portugal y Yugoslavia fueron entonces los países que acompañaron a los equipos clasificados de antemano. Los ocho equipos se distribuyeron en dos grupos. Por un lado, Brasil, Escocia, Checoslovaquia y Yugoslavia, y por el otro, Portugal, Argentina, Uruguay y URSS.
Brasil, que era uno de los pocos seleccionados que tomaba el evento con absoluta seriedad, se preparó para el torneo como si fuera el Mundial y formó un plantel mixto entre los héroes de México 1970 y algunos rostros renovados, aunque ya sin la presencia de Pelé, que se había retirado el año anterior.
Los dirigidos por Mário Zagallo quedaron primeros de su grupo, con más dudas que certezas, tras empatar sin goles ante Checoslovaquia y vencer a 3-0 a Yugoslavia y 1-0 a Escocia. En el otro grupo, Portugal, tras quejarse del juego físico y agresivo de los charrúas y de las patadas que los soviéticos le propinaron a Eusébio, fue quién clasificó a la gran final.
El destino quería que Brasil y Portugal se enfrentaran por el título de la Copa de la Independencia. 150 años después, los locales querían revalidar sus sentimientos independentistas, ahora en un campo mucho mas trivial como es el fútbol.
El orgullo del régimen en juego

Así, el 9 de julio de 1972 Brasil y Portugal se enfrentaron por la final de la Copa de la Independencia. Toda la indiferencia que los hinchas locales habían mostrado a inicios de la competencia desapareció y más de 100.000 espectadores se agolparon en el Maracaná para alentar a su selección. Portugal, sabiéndose más débil, conformó un bloque bajo sólido y apostó al contraataque como herramienta ofensiva.
La muralla lusa se probó eficaz a lo largo de casi todo el partido, hasta que faltando menos de un minuto para el final del segundo tiempo, el balón finalmente entró. Tras un tiro libre de Rivellino, Jairzinho saltó en el área chica y venció la resistencia de José Henrique, arquero portugués. Poco después, el árbitro del encuentro marcó el final. Brasil era el campeón del torneo.
Luego de levantar la copa frente a la cúpula militar, ya en los vestuarios el plantel se mostraba lejos de la efusividad que podía verse en el palco oficial, donde Havelange, Médici y sus colaboradores no ocultaban su satisfacción. Mientras una botella de champagne francés regaba las copas de las autoridades, los presidentes de Brasil y la CBF se felicitaban mutuamente. El torneo, si bien había sido un fracaso en lo económico, fue un éxito total para los objetivos personales y políticos de ambos.
Un triunfo con más de un significado

La Minicopa había servido como una herramienta formidable para fortalecer la narrativa de un Brasil fuerte, moderno y cohesionado. El certamen encajaba a la perfección en la estrategia de propaganda de Médici, apuntalada por obras faraónicas, cifras macroeconómicas alentadoras y una constante apelación al orgullo nacional. Brasil se había presentado frente al mundo como una nación en ascenso, integrada y unida bajo una misma bandera. La dictadura celebró esa imagen y la capitalizó.
Havelange, en tanto, sellaba con ese brindis la consagración de su jugada maestra rumbo al sillón de la FIFA. La Minicopa no solo le había permitido mostrarse como un dirigente ambicioso y eficaz, sino también estrechar vínculos con federaciones de Asia, África y América Central, regiones clave en su estrategia para desplazar a Rous de la presidencia de la FIFA. La copa quedaría en la vitrina de Brasil, pero el verdadero trofeo para él era su proyección internacional.
Los militares se mantuvieron en el poder en Brasil hasta 1985, pero el mandato de Emílio Garrastazu Médici concluyó en 1974. Para entonces, su figura comenzaba a desdibujarse en la política nacional, al mismo tiempo que João Havelange lograba desbancar al inglés Stanley Rous y asumía la presidencia de la FIFA. Desde ese cargo, que ocuparía hasta 1998, Havelange transformó el fútbol en un negocio global y multimillonario.
La Minicopa pasaría lentamente al olvido, pero su organización fue el puntapié inicial para que sus actores principales consolidaran su poder. La dictadura y Médici en Brasil; Havelange, en el mundo entero. En un escenario donde se cruzaron ambiciones políticas, estrategias diplomáticas y aspiraciones personales, Brasil se dio el gusto de vencer a su antiguo colonizador y, 150 años después de su emancipación política, cerró el círculo proclamando también su independencia futbolística.
Originalmente publicado en «Fuera de Juego», el newsletter del autor: https://fueradejuegocronicas.substack.com/p/minicopa-1972
