Por Emiliano Granja
Corría 1822 y Pedro estaba montado a caballo, acompañado por un pequeño grupo de soldados y asesores, en viaje desde Santos hacia São Paulo. A orillas del río Ipiranga la comitiva se detuvo. Allí, recibió de manos de un mensajero una carta con exigencias de las Cortes portuguesas para que cesara en su accionar revolucionario y regresara de inmediato a Portugal. Luego de leer en silencio, Pedro, visiblemente indignado, alzó su espada y exclamó: “¡Independencia o muerte!”.
Con motivo del 150º aniversario de aquel Grito de Ipiranga, Brasil organizó una serie de eventos conmemorativos de su independencia. Para Emílio Garrastazu Médici, el tercer militar en ocupar la presidencia desde el inicio de la dictadura en 1964, los festejos representaban una excelente oportunidad para prolongar el clima festivo que aún se vivía tras la consagración en la Copa del Mundo de México 1970, que completó la colección de títulos en Suecia 1958 y Chile 1962, y permitió al país quedarse con la Copa Jules Rimet.
Brasil era, por ese entonces, una tierra de contradicciones. Eran tiempos del llamado milagro económico brasileño, una etapa marcada por un crecimiento acelerado y una fuerte inversión en infraestructura. Pero también eran los años de plomo, el período más oscuro y represivo de la dictadura militar. Mientras el gobierno presumía de un crecimiento de dos dígitos e inauguraba obras faraónicas bajo el lema de “Brasil Potencia”, la desigualdad social se profundizaba y las libertades políticas y civiles se restringían.
Pero si había algo que verdaderamente unía al pueblo brasileño, era el fútbol. En ese terreno, Brasil era la máxima potencia mundial, y el gobierno de Médici lo sabía. Por eso, el deporte general y el fútbol en particular ocuparon un lugar central entre los actos conmemorativos por el 150º aniversario de la independencia. Uno de los eventos más destacados fue la Copa de la Independencia, que los propios brasileños terminaron llamando la “Minicopa”.
La doble misión de Havelange

Un año antes el presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), había recibido el llamado del presidente de facto, el cual le encomendaba organizar un torneo que reuniera a las mejores selecciones de todo el globo. El evento servía a los fines de un gobierno que, puertas adentro, buscaba reforzar la idea de unidad nacional, acallar las voces disidentes y reforzar el auge patriótico y nacionalista, mientras que se presentaba de cara al mundo como una nación moderna y de avanzada.
El mandamás de la CBF también sacaría su tajada del evento. João Havelange iba a aprovechar la oportunidad para mostrarse como un dirigente capaz de organizar un torneo de nivel mundial, en su búsqueda por consolidar poder y reunir partidarios camino hacia su sueño de presidir la FIFA. Los contratistas y empresarios de construcción brasileños también veían con buenos ojos el certamen, ya que los estadios serían reformados y ampliados gracias a una avalancha de fondos públicos.
Con las directivas emanadas desde el Palacio de la Alvorada, Havelange se puso manos a la obra. Como primera medida, invitó a Stanley Rous, presidente de la FIFA, a su vicepresidente Mohamed Mustafah y al secretario general Helmut Kaiser, además de varios miembros de distintas confederaciones, para que visitaran Brasil e inspeccionaran las remodelaciones que se llevaban a cabo en varios de los estadios que serían sede del torneo. Así los convenció de los beneficios de poner el proyecto en marcha.
Los primeros reveses

El torneo, que se iba jugar como una instancia intermedia entre los mundiales de 1970 y 1974, iba a tener más participantes (20 contra 16) y más partidos (44 contra 22) que la Copa del Mundo. Más que una Minicopa, Havelange quería armar una Supercopa llena de estrellas. La idea original era reunir en el evento a las selecciones que ya habían sido campeonas del Mundo (Uruguay, Italia, Alemania y Brasil) junto a otros países de tradición y potencia futbolística.
Viajó primero por toda Sudamérica y luego pasó un mes recorriendo Europa en su intento por organizar el mejor y más grande torneo que la historia hubiese visto. Sin embargo, no fue suficiente. El primer país en rechazar la invitación fue Inglaterra, que adujo que los clubes de la liga no estaban dispuestos a ceder a sus jugadores. Rous, inglés de nacimiento, se había enterado de las intenciones de Havelange de competir por el cetro de la FIFA e intentó tumbar el proyecto brasileño.
Havelange, rápido de reflejos, aseguró que la selección española sustituiría al conjunto inglés y además minimizó el problema confirmando que todos los países consultados habían accedido a disputar el torneo, Pese a las presuntuosas afirmaciones del brasileño, lo cierto es que una a una las selecciones europeas empezaron a perder interés el torneo.
La Real Federación Española de Fútbol, si bien admitió haber estado cerca de confirmar su presencia, negó rotundamente haber cerrado su participación. Alemania Federal decidió priorizar la fase final de la Eurocopa que se jugaba en una fecha cercana. Italia, pese a que la CBF se había ofrecido a pagar todos los gastos de la delegación, rechazó la invitación por problemas económicos. Bélgica, Holanda, Hungría y Austria siguieron el mismo camino.
Pasar al plan B… o C

Las influencias de Rous estaban dejando una Minicopa sin naciones europeas, pero ante la prensa Havelange se mostraba calmado y negaba que todo fuera un complot del presidente de la FIFA en su contra. Aseguró que la ausencia de algunos países no era de carácter político sino más bien de agenda. Aún más, el presidente de la CBF llegó a elogiar y agradecer el comportamiento del entonces presidente de la FIFA por haber apoyado sin miramientos la organización del certamen.
Havelange recurrió entonces a algunas selecciones de orden menor. A Francia, Unión Soviética, Yugoslavia y Portugal se le sumaron de último momento Escocia e Irlanda. La CONMEBOL, que apoyaba la candidatura de Havelange a la FIFA, mostró su compromiso con el certamen y dijo presente con todas sus asociaciones.
Irán representó a Asia, mientras que los conjuntos representativos de África y Centroamérica fueron justamente eso, equipos que reunían lo mejor de ambos continentes y competían defendiendo los colores de la CAF y la CONCACAF. El motivo detrás de esta extraña modalidad de participación por parte de algunas confederaciones hay que buscarlo en las aspiraciones de João Havelange, quien, decidido a asumir la presidencia de la FIFA, procuró que la mayor cantidad posible de regiones estuvieran representadas en el torneo.
El cálculo era claro: cuantos más países tuvieran presencia, aunque fuera de manera simbólica, mayores serían los apoyos políticos que Havelange podría movilizar en su campaña. Para Havelange garantizar la inclusión de naciones africanas, asiáticas y centroamericanas era una estrategia diplomática antes que deportiva.
Esta es la primera parte del artículo. Podés leer la segunda acá: https://lapelotasiempreal10.com/historias-minimas/copa-de-la-independencia-1972-mucho-mas-que-una-final/
Originalmente publicado en «Fuera de Juego», el newsletter del autor: https://fueradejuegocronicas.substack.com/p/minicopa-1972
