Por Rocío Airoldi (@rocioairoldi)
“No cuentes lo que viste en los jardines, el sueño acabó”, dice Canción de Alicia en el país, compuesta por Charly García y popularizada por Serú Girán en 1980, que alude de forma metafórica a la última dictadura cívico-militar en Argentina.
Alicia Elena Alfonsín nació el 5 de enero de 1961. Tenía 16 años. Era estudiante secundaria, militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y de la Juventud Peronista (JP), y también jugadora de básquet desde muy pequeña, en una vida atravesada por la escuela, el deporte y la militancia, como la de tantos jóvenes de su generación.
El 23 de noviembre de 1977 fue secuestrada en su departamento del barrio porteño de Congreso. Estaba embarazada de cinco meses. Ese mismo día, su pareja, Damián Abel Cabandié, fue secuestrado en la vía pública. Ambos fueron vistos en los centros clandestinos Club Atlético y El Banco, hasta que a fines de diciembre Alicia fue trasladada a la ESMA.
Pero antes de todo eso, Alicia también fue una deportista. Vivía cerca del Club Deportivo y Social Colegiales, donde empezó a jugar al básquet a los siete años y llegó a integrar el equipo femenino federado. Con la camiseta número seis, fue parte del plantel campeón en infantiles en 1973.

Allegados cuentan que era tranquila fuera de la cancha pero se transformaba en una jugadora aguerrida y decidida durante los partidos. El básquet era uno de sus lenguajes, una forma de estar en el mundo junto con la música, la lectura y la militancia. En ese momento, el embarazo la alejaría de manera provisoria del deporte, sin imaginar lo que vendría después: la dictadura que nos la arrebató.
Juan Cabandié Alfonsín nació en marzo de 1978 en la ESMA, durante el cautiverio de su madre. A los pocos días, el bebé fue separado de ella y apropiado por un integrante de la Policía Federal y su esposa, quienes lo inscribieron como hijo propio. Como en tantos otros casos, el terrorismo de Estado no solo desapareció a una generación, sino que también intentó borrar sus vínculos más profundos: la identidad, la filiación, la historia.
Años más tarde, su historia pudo empezar a reconstruirse: Juan fue restituido como el nieto recuperado número 77 por Abuelas de Plaza de Mayo. En 2003, con 25 años, se acercó por sus propias dudas sobre su identidad, y el 26 de enero de 2004 se confirmó su verdadera historia a través de pruebas de ADN.
Había convivido apenas veinte días con su madre. Como en tantos otros casos, la búsqueda colectiva logró torcer el destino impuesto: donde hubo apropiación, hubo restitución; donde quisieron borrar la historia, volvió la identidad.
Alicia también es presente. En agosto de 2016, en el barrio porteño de Barracas, se inauguró una unidad básica que lleva su nombre como forma de inscribir su historia en la militancia cotidiana. Entre vecinos, música y organización, el espacio se pensó no sólo como un lugar político, sino también como un gesto de memoria activa: contar quién fue, recuperar su historia y sostener en el tiempo el legado de una generación que militó por un país más justo.
Como en la canción, durante años se intentó imponer el silencio: que nadie contara lo que había visto, que el horror quedara en los jardines ocultos de la historia. Pero no se pudo. Frente a ese intento, la memoria se volvió palabra, búsqueda y lucha colectiva.
Cada historia recuperada, cada nombre dicho, cada identidad restituida es también una forma de romper ese mandato. Porque frente al olvido, la respuesta sigue siendo la misma: memoria, verdad y justicia. Por Alicia, por una generación entera. Por los 30.000 detenidos-desaparecidos: presentes, ahora y siempre.
