Por Toni Schweinheim (@ToniDibujante)
Juan Fontana o el Mencho, como le decían por su parecido con Medina Bello, probó de todo en diez partidos: dos nueves, uno por adentro uno por afuera, 4-3-3, 3-5-2, 4-4-2… y nada. De diez partidos ganó uno, empató tres y perdió seis, con el agravante de los tres últimos en fila.
“Mire Fontana, nosotros respetamos a los entrenadores, sobre todo cuando han sido ídolos de esta institución, pero los plazos se acortan y los objetivos no se cumplen. No lo tome como una advertencia ni como una amenaza, pero fíjese qué hace”, fueron las crueles, duras palabras de Mambertti, el presidente del club.
No era ni una advertencia ni una amenaza, era algo peor, un despido encubierto, o quizás un apriete para que renuncie. El Mencho salió de esa reunión con la cabeza en otro lado. Estuvo como ido un par de minutos, veía pero estaba ciego. Busco oxígeno, bajó las escaleras, se metió por el vestuario y salió a la cancha.
Sintió tristeza. No había podido lograr el ascenso como jugador. Doce largos años intentando ascender con ese equipo, como un moscón que repiquetea contra un vidrio. Lo más lejos que llegó fue a una semifinal en los viejos octogonales. Morón lo goleó.
Cuando colgó los botines juró hacerlo ascender como entrenador. Esta era su primera experiencia al frente de un equipo. Tal vez sea la última también; cuando sos técnico en el ascenso y te va mal, desaparecés. El sistema perverso del ascenso. Te rajan. Chau. Ni siquiera quedas con los juveniles porque ahí hay gente desde hace décadas. Te vas al olvido.
A Juan se le arremolinaban los recuerdos. El gol que le hizo a Tristán Suárez en aquel arco para salvarse del descenso… aquella vez tuvo que hacer de arquero improvisado porque se quedaron sin cambios y el loco Sevilla se había ido expulsado…
—Es así maestro, si la pelotita no entra, fuistes —dijo el canchero arrastrando una “s” innecesaria en la palabra. El Mencho lo miró como desorientado. Todavía no había salido de sus recuerdos, le pareció que el canchero estaba más lejos la última vez que lo vio. Ahora estaba a su lado.
—Es así viejo, es así —dijo por fin con un suspiro.
— ¿Sabe lo que pasa, don? Ustedes, los técnicos, estudian mucho pero no saben nada. Ustedes piensan que porque fueron jugadores o se recibieron de DT, saben todo.
—Puede ser —respondió el Mencho casi sin ánimo. Estaba con la guardia muy baja. En otros tiempos le hubiese saltado a la yugular a cualquiera por esos dichos.
—No lo quise ofender —comentó el canchero admitiendo su dureza anterior—. Tampoco es para tanto, pasa que ustedes son muy teóricos. Y son muy caprichosos. Usted cambió de estrategia solito, sin consultar a nadie.
— ¿Y a quién le voy a consultar? —se encogió de hombros el Mencho.
—A nosotros, a los hinchas. Ustedes son como los políticos, hermano —dijo el canchero alzando los brazos—, si los políticos escucharan al pueblo seríamos felices. Si ustedes los entrenadores le preguntaran a los hinchas, yo le puedo asegurar que vamos a tener un mejor fútbol.
— Yo me llego a acercar a la platea o a la popular y me putean…
—En el bar de la esquina, don Mencho —dijo el canchero, como si revelase alguna fórmula secreta, nos juntamos a charlar de fútbol todas las santas noches. Creo que ni el Menotti ni el Bilardo hablaron en su vida tanto de fútbol como nosotros. Nosotros mamamos de chicos este club. Es nuestra vida, usted es un ídolo pero nosotros conocemos palmo a palmo esto, estamos acá desde pibes.
—Lléveme ahí, ayúdeme, me queda un único partido.
—Noooo, si usted llega a aparecerse por ahí, los muchachos no hablan, se cagan encima. No se van a sentir libres de hablar.
—Me pongo lejos, los escucho de lejos, no sé. Yo amo este club, no me quiero ir. Haría cualquier cosa.
—Yo lo voy a ayudar porque a usted lo aprecio, pero desde ya le digo que usted tiene muchos errores y tiene que aceptarlos. Tales y Rodolfo siempre juegan encimados, se estorban. Un desastre eso.
—Pero los cambié de posición como siete veces en diez partidos…
—Ah, eso es lo que ve usted desde el banco. Yo le aseguro que todos los hinchas comentamos eso desde su llegada.
—Bueno, dígame qué más.
— Vásquez sube pero nunca baja… —dijo mientras se rascaba la cabeza con la visera de la gorra—. Son muchas cosas, los muchachos le tienen que decir. Vamos a hacer una cosa. Hoy es lunes, el partido es el sábado. Desde hoy al viernes voy a ir al bar como todos los días a hablar con los muchachos y voy a grabar las conversaciones, así de sopetón sin que se enteren y no se abataten. Todos los días a esta hora voy a traerle el casete, usted lo escucha y va cambiando todo. Yo creo que es una linda experiencia, ¿no le parece?
—Mire, yo estoy jugado. La verdad es que vine acá para tomar coraje y renunciar mañana o pasado. Pero si escuchando al hincha puedo poner alguna variante y mejorar, rasguñar un empate y aguantar un partido más, yo le juro que sigo todo al pie de la letra. Si total ya estoy perdido…
—No sea tan tremendo, hombre, mañana esté por acá a esta hora que le traigo la primera escucha, somos como espías—dijo riéndose el canchero.
—Dígame si le tengo que pagar algo, una ronda de ginebra a los muchachos.
—Despreocúpese, ellos no van a saber nada, además yo me doy por bien pagado viendo ganar a mi equipo. Lo que sí le voy a pedir un favor.
—Lo que quiera.
—No me tire los puchos dentro del campo de juego, cuesta un huevo sacarlos —dijo el canchero despidiéndose del Mencho, que ya había vuelto a encender otro cigarrillo.
Desde esa tarde el Mencho cambió completamente de ánimo. Se llenó de optimismo. Al día siguiente fue a ver al canchero, este le entregó un casete y se fue. El entrenador fue corriendo hasta su auto y puso la cinta en el pasacasete. Lo que comenzó a reproducirse era una típica charla de bar entre amigos. El ruido de vasos, el bullicio general, voces de fondo.
Se distinguía perfectamente la voz de Miguel, el canchero y la de tres personas más. Los cuatro tipos que hablaban lo hacían con soltura y hablaban de estrategias y planteos tácticos. Pero también pasó algunos calores cuando denigraban su figura como entrenador.
— ¿Sabes lo que pasa? Que este Fontana es un pelotudo, ¿cómo mierda va a poner a Medina, que ya está de vuelta?
—Debe tener un tongo con el representante, yo no sé porque no lo pone al Chino Ávila que es una maravilla, el pibe.
—No seas malo con el Mencho, es una gloria —era la voz del canchero la que se escuchaba— yo creo que le erra al armar el equipo.
—Pero claro que se equivoca con eso. Los dos delanteros que ponen se chocan como dos boludos.
—A Otero hay que ponerlo como a los viejos wines, a Roncatti de 8, ¡pero qué va a hacer eso!
— ¡Este mamerto lo pone a Ochoa de cinco! El gordo no se puede ni mover. Hay que poner doble cinco, Sosa y Ríos.
— ¿Doble cinco? Vos sos un cagón ¿Por qué no pones dos arqueros, también?
Luego la charla se iba por discusiones vagas y banales. Pero más allá de eso, el Mencho iba anotando cómo podía armar el equipo. Al otro día y a la misma hora el entrenador se encontró con el canchero. Nuevamente le dio un casete con una charla parecida a la anterior pero que tocaba otras cuestiones técnicas.
El Mencho no podía creer lo equivocado que estaba al armar el 11 y cómo los hinchas la tenían tan clara. El resto de los días el entrenador fue acumulando casetes y nombres en su cuaderno para armar al equipo. Creía poder revertir esa situación y tal vez si todo mejoraba, pensaba en nombrar un comité de asesoramiento con estos hinchas de pura cepa, algo inédito en la conducción técnica.
El día del partido paró un equipo basado en los cinco casetes que le había alcanzado Miguel, el canchero, un equipo del paladar del hincha. Y Fontana lo notó, porque a la salida del equipo los hinchas alentaban mucho más que en partidos anteriores. Estaba todo dado para ganar y dar vuelta la historia.
El primer cachetazo llegó a los cinco minutos: Sosa se equivocó en la entrega y dejó muy mal parada a la defensa, Salaberry puso el 1-0. A los 15, Atlanta ya ganaba 3-0 gracias a errores infantiles. El Mencho Fontana estaba sobre la línea de cal y lloraba como un nene.
El primer tiempo finalizó con la friolera de 5-0 en contra. Los jugadores entraron por la manga en fila india luego de la masacre de esta primera parte. El entrenador cabizbajo entró a lo último arrastrando los pies. Presentó la renuncia en el entretiempo. Nada más se supo del Mencho Fontana; el monstruo del olvido del cual se alimenta el ascenso se lo devoró.
Esa noche se encontraron Miguel, el canchero, con sus amigos en el bar.
—Menos mal que se fue este hijo de puta, chorro.
—Vino a chapear con que era ídolo y a robar con eso…
—Mirá que poner al Chino Ávila, un pibe. Lo quemó para siempre —dijo uno de los muchachos mientras se prendía un pucho.
—Y ese Sosa es un paquete, yo no sé para que lo pone. Debe tener un tongo con el representante.
—La cagó hermano, la cagó. Mirá que sacarlo a Medina, che. El único que corría un poco.
—Rodolfo, traeme otra ginebra —dijo Miguel, el canchero, mientras miraba tristemente su vaso vacío.
